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The Annunciation of Our Lord to Mary

'The angel of the Lord declared unto Mary
and she conceived of the Holy Spirit.'
Mary's 'fiat', her 'yes':
'Behold the handmaid of the Lord,
be it done unto me according to thy word.'
1st Joyful Mystery of the Rosary
Solemnity - 25th March


JPII gave us his encyclical on Mary, Mater Redemptoris on this feast day in 1987

Papa Benedict XVI's words in: 2006

3 2us by Father Anthony Doe       
""Let it be done to me according to your word." It's the prayer that sums up the attitude of faith; it's the prayer that Our Lady wants to encourage us to pray every day, with great openness of heart, because it's the prayer that allows Jesus to come and make his home deep within us, incarnate his presence in us, and so enable us then to share with him that great prayer for the mercy of the Father on the world."

3 2us by Father John Edwards SJ       
"We should be so grateful that we have a mother like Mary. A mother is one who gives life. The life of Christ, which is meant to be in each one of us, comes as a condition through Mary. As St Augustine said: "From one woman, death (meaning Eve), from a woman, life (meaning Mary). On 25th March we should, among other things, be very grateful to our mother."

Catechesis by Pope Benedict XVI        
The Virgin Mary: Icon of obedient faith

BXVI: ".. In the angel's greeting, Mary is called “full of grace”; in Greek the term “grace”, charis, has the same linguistic root as the word “joy”. Also in this expression the source of Mary’s rejoicing is further clarified: joy comes from grace, comes that is from communion with God, from having such a vital connection with Him, from being the dwelling place of the Holy Spirit, totally shaped by the action of God. Mary is the creature who in a unique way has opened the door to her Creator, she placed herself in his hands, without limits. She lives entirely from and in the relationship with the Lord; she is in an attitude of listening, attentive to recognizing the signs of God along the pathway of his people; she is inserted into a history of faith and hope in the promises of God, which constitutes the fabric of her existence. And she submits freely to the word received, to the divine will in the obedience of faith." (19.12.12)

Catechesis of Pope John Paul II
General Audience, Wednesday 25 March 1987 - in French, Italian & Spanish

1. La solemnidad de la Anunciación del Señor, que celebramos hoy, dirige nuestro pensamiento a la casa de Nazaret y nos sumerge en el silencioso estupor que solemos sentir cuando contemplamos idealmente el rayo de la luz del Espíritu Santo que inundó con su poder a la Virgen "llena de gracia".

Es éste el acontecimiento misterioso que esperaba toda la historia y hacia el cual ha seguido y seguirá convergiendo desde entonces, con renovada admiración, la historia posterior.

Con aquella unión extraordinaria entre cielo y tierra, que tuvo como protagonistas -del mundo creado- al Ángel y a la humilde Jovencita del pueblo de Israel, el curso de los siglos desembocó en la "plenitud de los tiempos", sancionó el momento arcano en que el Hijo de Dios vino a habitar entre nosotros (Jn 1, 14). Este admirable acontecimiento fue posible gracias a María, Madre del Redentor. Sin su "Sí" a la iniciativa de Dios, Cristo no habría nacido.

2. En el clima espiritual del misterio de la Anunciación y en la misma fecha de su celebración litúrgica he situado la Encíclica dedicada a la Virgen María, que había anunciado el primero de enero y que se publica hoy en la perspectiva del Año Mariano.

La he pensado desde hace tiempo. La he cultivado largamente en el corazón. Ahora agradezco al Señor que me haya concedido ofrecer este servicio a los hijos e hijas de la Iglesia, correspondiendo a expectativas, de las que me habían llegado ciertos signos.

3. Esta Encíclica es básicamente una "meditación" sobre la revelación del misterio de salvación, que fue comunicado a María en los albores de la redención y en el cual fue llamada a participar y a colaborar de modo excepcional y extraordinario.

Es una meditación que evoca y, en algunos aspectos, profundiza el magisterio conciliar y, en concreto el capítulo octavo de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la "Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia".

Sabéis, queridos hermanos y hermanas, que se trata del capítulo que corona el documento fundamental del Vaticano II; un texto especialmente significativo, pues ningún Concilio Ecuménico anterior había presentado una síntesis tan amplia de la doctrina católica sobre el lugar que ocupa María Santísima en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

Las reflexiones que nacen del mismo se alargan a todo el horizonte bíblico, desde sus comienzos hasta las simbólicas visiones del Apocalipsis, cargadas de misterio, sobre el mundo futuro. En ese horizonte aparece repetidamente, en las etapas y en el mensaje de la salvación, la figura de una "mujer", que asume contornos precisos en María de Nazaret cuando suena la hora de la redención. La Encíclica se llama, en efecto Redemptoris Mater, titulo emblemático que indica ya de por sí su orientación doctrinal y pastoral hacia Cristo.

4. La índole cristológica del discurso desarrollado en la Encíclica se funde con la dimensión eclesial y con la mariológica. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo que se extiende místicamente a través de los siglos (cf. 1 Cor 12, 27). Y María de Nazaret es la Madre de ese Cuerpo. Madre de la Iglesia.

Por esta razón, la Iglesia "mira" a María a través de Jesús, lo mismo que "mira" a Jesús a través de María (cf. Redemptoris Mater, 26). Esta reciprocidad nos permite profundizar incesantemente, junto con el patrimonio de las verdades creídas, en la órbita de la "obediencia de la fe", que marca los pasos de esa criatura excelsa desde la casa de Nazaret a Ain-Karim, en el templo, en Caná, en el Calvario; y posteriormente, entre los muros del Cenáculo, en la espera orante del Espíritu Santo. María "avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz" (Lumen gentium, 58).

Sierva del Señor, Madre, discípula, María es modelo, guía y sostén en el camino del Pueblo de Dios sobre todo en las etapas más relevantes.

Ante nosotros aparece ahora la conmemoración bimilenaria del nacimiento de Cristo, que se acerca a pasos agigantados. Se trata de un acontecimiento que, más allá del aspecto conmemorativo, debe ser vivido en su realidad permanente de "plenitud de los tiempos". Por ello es necesario disponer nuestras mentes y nuestros corazones. Y la peregrinación de fe, síntesis de la experiencia vivida por la Virgen María, abre un camino que, en el transcurso del Año Mariano, la Iglesia recorrerá a la luz del "Magníficat": el himno profético, que hacen propio todos los hombres y mujeres que se sienten auténticamente Iglesia, y por ello perciben en toda su amplitud los imperativos de los "tiempos nuevos".

5. La Encíclica expresa el aliento que emana de la universalidad de la redención realizada por Cristo y de la universalidad de la maternidad de la Virgen María.

Dirigida a los fieles de la Iglesia católica, convocados para celebrar el Año Mariano, la Encíclica presta su voz a la profunda aspiración de la unidad de todos los cristianos, codificada por el Concilio Vaticano II y expresada mediante el diálogo ecuménico. Se hace además eco de la alegría y el consuelo manifestados por el Concilio al constatar que "también entre los hermanos desunidos no faltan quienes tributan el debido honor a la Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los orientales, que concurren con impulso ferviente y ánimo devoto al culto de la siempre Virgen Madre de Dios" (Lumen gentium, 69).

En este orden de ideas he deseado recordar también el milenario del bautismo de San Vladimiro de Kiev, ocurrido el año 988, con el cual comenzó la expansión del cristianismo entre los pueblos de la antigua Rusia, extendiéndose luego a otros territorios de la Europa Oriental hasta el Norte de Asia. Toda la Iglesia es invitada a unirse por la oración a todos los ortodoxos y católicos que celebran esta efemérides.

6. El horizonte de la Redemptoris Mater, al tocar la dimensión cósmica del misterio de la redención, se abre a todo el género humano, por la solidaridad con que la Iglesia se halla vinculada a los hombres, con quienes comparte el camino terreno, consciente de los formidables problemas que agitan las raíces de la civilización en la frontera entre los dos milenios, con esa perenne tensión entre el "caer" y el "resurgir" del hombre. La Encíclica asume los grandes anhelos que atraviesan actualmente la conciencia del mundo: individuos, familias y naciones.

A la Santa Madre del Redentor encomiendo con afecto esta Encíclica, mientras deseo que las celebraciones promovidas por las Iglesias particulares durante el Año Mariano encuentren en ella inspiración para un fuerte incremento de la vida cristiana, sobre todo mediante la participación en los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Son éstas las fuentes de las que se debe sacar la energía necesaria para realizar la propia misión en la Iglesia y en el mundo, según el imperativo que la Virgen repite también en esta fase de la historia: "Haced lo que Él (Cristo) os diga" (Jn 2, 5).

Catechesis by Pope John Paul II
General Audience, Wednesday 23 March 1983 - in Italian , Portuguese & Spanish

"1. Tra due giorni, cioè venerdì prossimo, fratelli e sorelle carissimi, celebreremo la solennità dell’Annunciazione del Signore. È una festa, questa, che ha sempre avuto particolare rilevanza nel calendario liturgico, a motivo del grande mistero di misericordia e di amore che in sé contiene e di per sé esprime: il mistero del Figlio stesso di Dio, che si fa figlio dell’uomo assumendo la carne nel seno purissimo della Vergine Maria.

Ma del tutto speciale è quest’anno il rilievo per la coincidenza di tale festa con l’apertura della Porta Santa: proprio nel giorno destinato alla commemorazione del mistero dell’Incarnazione avrà inizio solenne l’Anno Giubilare della Redenzione. Si tratta di due ricorrenze che hanno un nesso intimo: l’Incarnazione infatti è l’inizio della Redenzione, e in entrambi questi misteri il protagonista è uno solo, è il medesimo (“unus idemque”), cioè “Cristo secondo la carne, egli che è sopra ogni cosa, Dio benedetto nei secoli” (Rm 9, 5).

2. Gesù Cristo - giova rilevare - è il protagonista, è sempre il solo e vero protagonista in tutta l’opera dell’umana Redenzione. Egli è tale fin dal primo momento, che è quello appunto dell’Incarnazione, allorché, subito dopo l’annuncio recato dall’Angelo a Maria santissima e in conseguenza dell’adesione da lei data a quello stesso annuncio, “il Verbo si fece carne e venne ad abitare in mezzo a noi (Gv 1, 14).

Primizia, dunque, della Redenzione è l’Incarnazione: il Verbo incarnato è ormai pronto per l’opera. Egli, infatti, entrando nel mondo, può dire secondo verità a Dio Padre: “Tu non hai voluto né sacrificio né offerta, un corpo invece mi hai preparato.,. Allora ho detto: Ecco, io vengo per fare, o Dio, la tua volontà” (Eb 10, 5-7; cf. Sal 39, 7-9). E come potrà nascere vero uomo a Betlemme, così vero uomo potrà anche morire sul Calvario. La Redenzione del Signore è preparata dall’Annunciazione del Signore.

Là nella terra di Galilea, dentro l’umile casa di Nazaret, accanto all’arcangelo Gabriele che porta l’annuncio (soggetto) ed a Maria che riceve l’annuncio (termine), è lui che bisogna intravedere con gli occhi attenti della fede: è lui precisamente il contenuto dell’annuncio (oggetto). Noi invocheremo, dunque, e benediremo l’Angelo dell’annuncio; invocheremo in particolare, e benediremo Maria, chiamandola e venerandola col bell’appellativo dell’“Annunziata”, tanto caro alla pietà popolare; ma al centro di questi due personaggi, quale ospite augustissimo ormai presente ed operante, dovremo sempre scorgere, invocare, benedire, anzi adorare l’annunciato Figlio di Dio. “Non temere, o Maria . . . Ecco, concepirai un figlio, lo darai alla luce e lo chiamerai Gesù. Egli sarà grande e sarà chiamato Figlio dell’Altissimo . . .” (Lc 1, 30-31). Questo, in sintesi, nella scarna semplicità del linguaggio evangelico, è l’annuncio: concepimento e parto verginale del Figlio stesso di Dio.

Un tale annuncio, se è recato dall’Angelo primariamente alla Vergine Maria, viene poi comunicato al di lei sposo Giuseppe (cf. Mt 1, 20-21) e trasmesso, ancora, al pastori e ai magi (cf. Lc 2, 10-11; Mt 2, 2 ss.): colui che è annunciato e sta per nascere, o è nato da poco, è il “Salvatore” e proprio conformemente a quel che il suo nome significa, “effettivamente salverà il suo popolo dai suoi peccati” (Mt 1, 21). Il medesimo annuncio, pertanto, nella prospettiva teologica della salvezza, è diretto a tutta l’umanità lungo tutto il corso dei secoli, come annuncio di ineffabile gaudio, in cui si concentra e si realizza alla lettera la “bontà” dello stesso Vangelo (= buon annuncio).

3. Il mistero dell’Annunciazione ha sempre attirato l’attenzione degli artisti e ha spesso ispirato pagine celebri. Suggestiva - mi limito a questo solo evento - è la tavola del Beato Angelico che ritrae l’arcano incontro fra Gabriele e Maria. Sembra quasi che cielo e terra siano in attesa di questa risposta nella sublimità inenarrabile di una trascendente comunicazione. Eppure, lì Gesù visibilmente non c’è; c’è, sì, il suo Spirito, che sta per operare il gran miracolo fecondando il seno verginale di Maria; c’è, sì, la potenza dell’Altissimo, cui nulla è impossibile (cf. Lc 1, 35-37). Ma Gesù, almeno sul piano delle apparenze, non c’è ancora. Si direbbe che, come attendono cielo e terra la risposta di Maria, così anche il Verbo nascostamente e trepidamente l’attenda per dare subito attuazione all’eterno disegno del Padre. Così l’atteso stesso, colui che la Legge e i Profeti avevano presentato come “l’atteso delle genti” (cf. Gen 49, 10; Is 9, 5-6; Gv 1, 45), è in attesa: di lui già parlano i due augusti interlocutori, e non appena ci sarà la risposta, cioè quando risuonerà il “fiat” sulle labbra della Vergine, verrà immediatamente egli stesso.

4. Mistero grande, fratelli carissimi, mistero sublime è quello dell’Incarnazione, alla cui comprensione non vale certo la debolezza della nostra mente, incapace com’è di intendere le ragioni dell’agire di Dio.

In esso noi dobbiamo sempre vedere, in posizione di primaria evidenza, Gesù Cristo, come il Figlio di Dio che si incarna, ed accanto a lui colei che coopera all’Incarnazione donandogli con amore di Madre la stessa sua carne. L’Annunciazione del Signore, in tal modo, nulla detrarrà alla funzione e al merito di Maria, che proprio per la sua maternità sarà insieme col suo Figlio divino benedetta nei secoli.

Ma questo stesso mistero dovremo sempre vedere non già distaccato, bensì coordinato e collegato con tutti i vari misteri della vita nascosta e pubblica di Gesù, fino all’altro e sublime mistero della Redenzione. Da Nazaret al Calvario c’è, infatti, una linea di ordinato sviluppo, nella continuità di un indiviso ed indivisibile disegno d’amore. È per questo che sul Calvario ritroveremo ancora Maria, che vi si attesta proprio come Madre, vigilando e pregando presso la Croce del Figlio morente, e insieme come “socia”, cioè come collaboratrice della sua opera salvifica, “servendo sotto di lui e con lui, per grazia di Dio onnipotente, al mistero della Redenzione” (cf. Lumen Gentium, 56).

Avviando nel nome di Dio l’Anno Santo della Redenzione, io auspico sia per voi che qui mi ascoltate, come per tutti i fratelli cristiani, sparsi nel mondo, che naturale e spontaneo a voi e a loro riesca il passaggio dalla scena così dolce e raccolta di Nazaret a quella corrusca e drammatica del Calvario, affinché inseparabile e saldo appaia il rapporto tra tutti i misteri della vita del Figlio di Dio, fatto uomo. Per il mistero della sua Incarnazione e, soprattutto, per il mistero della Redenzione egli ci ha tutti salvati. Sarà, dunque, nostro dovere, durante l’ormai imminente anno di grazia e di perdono, far tesoro di quest’opera, applicandone alle nostre anime la divina virtù."

Catechesis by Pope John Paul II
General Audience, Wednesday 25 March 1981 - in Italian , Portuguese & Spanish

L’Annunciazione del Signore mistero fondamentale dell’Incarnazione

Alcune migliaia di giovani provenienti da diverse diocesi italiane accolgono il Papa nella Basilica di S. Pietro per la prima parte dell’udienza generale:

Carissimi studenti e studentesse delle varie scuole di Roma e d’Italia!

1. Porgo a tutti il mio affettuoso benvenuto, ed insieme con voi saluto le autorità scolastiche e gli insegnanti che vi hanno accompagnato in questo incontro.

Una menzione speciale desidero riservare al gruppo più numeroso, quello dell’Istituto del Sacro Cuore di Firenze, diretto dalle Suore della Delegazione speciale della Società del Sacro Cuore: alle religiose, al corpo docente, agli alunni ed alle alunne, ed alle rispettive famiglie vadano il mio cordiale saluto e l’espressione del mio apprezzamento per il serio impegno formativo, sia culturale sia cristiano, che distingue tale centro scolastico.

2. Il nostro incontro assume particolare significato per la solennità liturgica in cui avviene. Oggi la Chiesa celebra l’Annunciazione del Signore fatta a Maria santissima dall’Arcangelo Gabriele. Si tratta della realizzazione di quell’ineffabile mistero d’amore, che è lo scambio tra la divinità di Dio e la nostra umanità. Per misericordioso decreto di Dio, l’umanità, prevaricatrice col peccato originale, non fu abbandonata a se stessa: un salvatore, membro del genere umano, quindi "nato da donna" (Gal 4,4), nella "progenie di Davide" (Rm 1,3) doveva riportare la vittoria nello scontro con Satana (Gen 3,15). E ciò è avvenuto per mezzo della Vergine santissima, alla quale l’Arcangelo del Signore dopo averla salutata piena di grazia, oggetto del divino favore, rivolge l’invito all’esultanza, perché il Figlio che nascerà da lei, per virtù dello Spirito Santo, sarà chiamato Figlio di Dio: a Lei, pertanto, e per mezzo di Lei all’umanità, il Verbo ha domandato una natura umana, e Maria, nella sua piena disponibilità al divino volere, gliel’ha offerta: "Ecco l’ancella del Signore, si faccia di me secondo la tua parola" (Lc 1,38).

3. Carissimi giovani! Da una meditazione attenta e serena della risposta di Maria, deriva un invito ad una fede profonda e ad una grande generosità. La società di oggi è talora soffocata dai condizionamenti di una visione agnostica e materialistica e dalla tentazione di una autonomia umana, chiusa alla trascendenza. È necessario che voi rechiate una larga visione di fede, che affermiate un’apertura verso orizzonti amplissimi: quelli dell’Assoluto, per poter cogliere il senso definitivo dell’esistenza umana e comunicarlo ai vostri coetanei. È solo da questa fede dell’Amore che salva, che le giovani generazioni potranno ritrovare la forza per un’affermazione costruttiva della dignità dell’uomo, in sintonia con la sua vocazione di figlio di Dio. Solo da questa sempre rinnovata ricerca del Signore, deriva per voi la forza di una generosa dedizione. A voi è affidata la costruzione di una nuova "civitas", entro le cui mura siano cancellate le discriminazioni, le ingiustizie, gli squilibri e le lotte. Per questo è necessaria una azione preservante e generosa, suggerita ed alimentata dall’amore, che trova appunto la sua sorgente in quella grazia divina meritoria del "sì" di Maria. Coraggio, carissimi giovani, gli orizzonti sono vastissimi, le proposte molteplici. Occorre operare con creatività illuminata ed invincibile perseveranza. Non sottraetevi a nessun impegno, a nessuna fatica richiesta dalla consapevolezza di dover collaborare alla costruzione di un mondo più giusto, più sano. Vi sostenga la mia benedizione apostolica, che imparto a voi ed ai vostri familiari e docenti.

***

1. Eccomi, io vengo, o Dio, per compiere la tua volontà (cf. Sal 40,8s; Eb 10,7).

Eccomi, sono la serva del Signore (Lc 1,38).

Sono le parole del Verbo che entra nel mondo, e quelle di Maria che ne accoglie l’annuncio. Con queste parole vi saluto, carissimi fratelli e sorelle, in questo giorno solennissimo dedicato dalla liturgia all’Annunciazione del Signore. Il cuore cristiano batte di emozione e di amore al pensiero dell’istante ineffabile, nel quale il Verbo è diventato uno di noi: "et Verbum caro factum est". Fin dai primi secoli il cuore della Chiesa si è rivolto con tutta la sua devozione al fatto che ricordiamo oggi; ricordo le più antiche formule del Credo, risalenti almeno al II secolo, solennemente confermate dai Concili di Nicea, del 325, e di Costantinopoli, del 381; ricordo l’affresco delle Catacombe di Priscilla, del II secolo, prima commovente testimonianza di quel tributo, che l’arte cristiana ha dedicato senza sosta all’Annunciazione del Signore con le pagine più smaglianti della sua storia; ricordo la grande basilica, costruita nel IV secolo a Nazaret per iniziativa dell’imperatrice Sant’Elena. Anche la solennità odierna è molto antica, e sebbene le sue origini non siano determinate con certezza cronologica dagli studiosi, essa, già alla fine del VII secolo (pur con inizi certamente anteriori), era stata definitivamente fissata al 25 marzo, perché anticamente si credeva che in quel giorno fosse avvenuta la creazione del mondo e la morte del Redentore: talché la data della festa dell’Annunciazione contribuì a far fissare quella del Natale (cf. F. Cabrol, Fête de l’Annonciation, in DACL, I, 2, Paris 1924, col. 2247). La solennità odierna ha perciò un grande significato sia mariano che cristologico.

2. Maria dà il suo assenso, all’Angelo annunziante. La pagina di Luca, pur nella sua scarna concisione, è ricchissima di contenuti biblici anticotestamentari, e dell’inaudita novità della rivelazione cristiana: ne è protagonista una donna, la Donna per eccellenza (cf. Gv 2,4; 19,26), scelta da tutta l’eternità per essere la prima indispensabile collaboratrice del piano divino di salvezza. È la ‘almah profetizzata da Isaia (cf. Is 7,14), la fanciulla di stirpe regale che risponde al nome di Miriam, di Maria di Nazaret, umilissima e nascosta borgata di Galilea (cf. Gv 1,46); l’autentica novitas cristiana, che ha posto la donna in un’altissima incomparabile dignità, inconcepibile alla mentalità ebraica del tempo come nella civiltà greco-romana, comincia da questo annuncio rivolto a Maria da Gabriele, nel nome stesso di Dio. Essa è salutata con parole tanto alte, che la intimoriscono: "Kaire, Ave, rallegrati"! La gioia messianica risuona per la prima volta sulla terra. "Kekaritoméne, gratia plena, piena di grazia"! L’Immacolata è qui, scolpita nella sua pienezza misteriosa di elezione divina, di predestinazione eterna, di chiarità luminosa. "Dominus tecum, il Signore e con te"! Dio è con Maria, membro eletto dell’umana famiglia per essere la madre dell’Emmanuele, di Colui che è "Dio-con-noi": Dio sarà d’ora in avanti, sempre, senza pentimenti e senza ritrattazioni, insieme con l’umanità, fatto uno con essa per salvarla e donarle il Figlio suo, il Redentore: e Maria è la garanzia vivente, concreta di questa presenza salvifica di Dio.

3. Dal colloquio tra la creatura eletta e l’Angelo di Dio continuano a fluire per noi altre Verità fondamentali: "Ecco concepirai un figlio, lo darai alla luce e lo chiamerai Gesù. Sarà grande e chiamato Figlio dell’Altissimo; il Signore Dio gli darà il trono di Davide suo padre... Lo Spirito Santo scenderà su di te, su te stenderà la sua ombra la potenza dell’Altissimo. Colui che nascerà sarà dunque santo e chiamato figlio di Dio" (Lc 1,31s,35). Viene Colui che dalla linea di Adamo entra nelle genealogie di Abramo e di Davide (cf. Mt 1,1-17; Lc 3,23-38): Egli è nella linea delle promesse divine, ma viene nel mondo senza aver bisogno della traiettoria della paternità umana, anzi la oltrepassa nella linea della fede immacolata. Tutta la Trinità è impegnata in quest’opera, come l’Angelo annuncia: Gesù, il Salvatore, è il "Figlio dell’Altissimo", è il "Figlio di Dio"; è presente il Padre a stendere la sua ombra su Maria, è presente lo Spirito Santo a scendere su di Lei per fecondarne il grembo intatto con la sua potenza. Come ha finemente commentato Sant’Ambrogio, nella sua esposizione a questo passo del Vangelo di Luca, si è udita in quel giorno per la prima volta la rivelazione dello Spirito Santo, ed è subito creduta: "et auditur et creditur" (Sant’Ambrogio, Exp. Ev. sec. Lucam, II, 15; ed. M. Adriaen, CCL, XIV, Turnholti 1957, p. 38).

L’Angelo chiede l’assenso di Maria per l’ingresso del Verbo nel mondo. L’attesa dei secoli passati è concentrata su questo punto; ne dipende la salvezza dell’uomo. San Bernardo, nel commentare l’Annunciazione, esprime stupendamente questo momento unico, quando dice, rivolgendosi alla Madonna: "Tutto il mondo aspetta, prostrato ai tuoi piedi; né senza ragione, perché dalla tua bocca dipende la consolazione degli afflitti, la redenzione dei prigionieri, la liberazione dei condannati, la salvezza, infine, di tutti i figli di Adamo, l’intera tua stirpe. Affrettati, Vergine, a rispondere" (San Bernardo, In laudibus Virginis Matris, Homilia IV, 8; in "Sermones", 1, edd. J. Leclercq et H. Rochais, S. Bernardi Opera Omnia, IV, Romae 1966, pp. 53-54).

E l’assenso di Maria è un assenso di fede. Si trova sulla linea della fede. Giustamente, pertanto, il Concilio Vaticano II, nel riflettere su Maria come prototipo e modello della Chiesa, ne ha proposto l’esempio di fede attiva proprio nel momento del suo Fiat: "Maria non fu strumento meramente passivo nelle mani di Dio, ma... coopero alla salvezza dell’uomo con libera fede e obbedienza" (Lumen Gentium, 56).

A battere le stesse orme della fede operosa di Maria ci invita perciò l’odierna solennità: una fede generosa, che si apre alla Parola di Dio, che accoglie la volontà di Dio, qualunque essa sia e comunque si manifesti; una fede forte, che supera tutte le difficoltà, le incomprensioni, le crisi; una fede operosa, alimentata come viva fiamma di amore, che vuol collaborare fortemente col disegno di Dio su di noi. "Eccomi, sono la serva del Signore": ciascuno di noi, come invita il Concilio, dev’essere pronto a rispondere così, come Lei, nella fede e nell’obbedienza, per cooperare, ciascuno nella propria sfera di responsabilità, alla edificazione del Regno di Dio.

4. La risposta di Maria è stata l’eco perfetta della risposta del Verbo al Padre. L’Eccomi di Lei è possibile, in quanto l’ha preceduto e sostenuto l’Eccomi del Figlio di Dio, il quale, nel momento del consenso di Maria, diventa il Figlio dell’Uomo. Oggi celebriamo il mistero fondamentale dell’Incarnazione del Verbo. La lettera agli Ebrei ci fa come penetrare negli abissi insondabili di questo abbassamento del Verbo, di questo suo umiliarsi per amore degli uomini fino alla morte di croce: "Entrando nel mondo, Cristo dice: "Tu non hai voluto né sacrificio né offerta, un corpo invece mi hai preparato. Non hai gradito né olocausti né sacrifici per il peccato. Allora ho detto: Ecco, io vengo – poiché di me sta scritto nel rotolo del libro – per compiere, o Dio, la tua volontà"" (Eb 10,5ss).

Un corpo mi hai preparato: l’odierna celebrazione ci rapporta senz’altro alla data del Natale, tra nove mesi; ma essa, con pensiero misticamente profondo che, come ho detto, fu ben afferrato dai nostri fratelli e sorelle della Chiesa dei primi secoli, ci rapporta soprattutto alla prossima Passione, Morte e Risurrezione di Gesù. Il fatto che l’Annunciazione del Signore cada entro e verso il periodo quaresimale, ci fa comprendere il significato redentivo di essa: l’Incarnazione è strettamente collegata con la Redenzione, che Gesù ha operato versando il suo sangue per noi sulla Croce.

Eccomi, io vengo, o Dio, per compiere la tua volontà. Perché questa obbedienza, perché questo abbassamento, perché questa sofferenza? Ci risponde il Credo: "Propter nos homines et propter nostram salutem: per noi uomini e per la nostra salvezza". Gesù è disceso dal cielo per farvi risalire lassù a pieno diritto l’uomo, e, rendendolo figlio nel Figlio, per restituirlo alla dignità perduta col peccato. È venuto per portare a compimento il piano originario dell’Alleanza. L’Incarnazione conferisce per sempre all’uomo la sua straordinaria, unica, ineffabile dignità. E di qui prende origine la via che percorre la Chiesa. Come ho scritto nella mia prima enciclica: "Cristo Signore ha indicato questa via soprattutto quando – come insegna il Concilio – "con l’Incarnazione il Figlio di Dio si è unito in certo modo ad ogni uomo" (Gaudium et Spes, 22). La Chiesa ravvisa, dunque, il suo compito fondamentale nel far sì che una tale unione possa continuamente attuarsi e rinnovarsi. La Chiesa desidera servire quest’unico fine: che ogni uomo possa ritrovare Cristo, perché Cristo possa, con ciascuno, percorrere la strada della vita, con la potenza di quella Verità sull’uomo e sul mondo, contenuta nel mistero dell’Incarnazione e della Redenzione" (Redemptor Hominis, 13).

5. La Chiesa non dimentica – e come potrebbe? – che il Verbo, in questo evento che oggi ricordiamo, si offre al Padre per la salvezza dell’uomo, per la dignità dell’uomo. In quell’atto di offerta di se stesso è contenuto già tutto il valore salvifico della sua missione messianica; tutto è già racchiuso "in nuce" qui, in questo misterioso ingresso del "Sole di giustizia" (cf. Mt 4,2) nelle tenebre di questo mondo, che non l’hanno accolto (cf. Gv 1,5). Eppure, ci attesta l’evangelista Giovanni, "a quanti però l’hanno accolto ha dato potere di diventare figli di Dio: a quelli che credono nel suo nome, i quali... da Dio sono stati generati. E il Verbo si fece carne e venne ad abitare in mezzo a noi; e noi vedemmo la sua gloria, gloria come di unigenito dal Padre, pieno di grazia e di verità" (Gv 1,12ss).

Sì, fratelli e sorelle carissimi, abbiamo veduto la sua gloria. La liturgia oggi ce l’ha dipinta davanti agli occhi nella sua misteriosa e ineffabile grandezza, che ci sopraffà con la sua magnificenza e ci sostiene con la sua umiltà: "il Verbo si è fatto carne e venne ad abitare in mezzo a noi".

Accogliamolo.

Diciamogli anche noi: Eccomi, io vengo a compiere la tua volontà. Siamo disponibili all’azione del Verbo, che vuole salvare il mondo anche mediante la collaborazione di quanti abbiano creduto in Lui. Accogliamo Lui. E, con Lui, accogliamo ogni uomo. Le tenebre sembrano ancor sempre voler prevalere: la ricchezza iniqua, l’egoismo indifferente alle sofferenze degli altri, la reciproca diffidenza, le inimicizie tra i popoli, l’edonismo che ottenebra la ragione e perverte la dignità umana, tutti i peccati che offendono Dio e vanno contro l’amore del prossimo. Dobbiamo dare, pur in mezzo a tante contro-testimonianze, la testimonianza della fedeltà, dobbiamo essere, pur fra tanti non-valori, il valore del bene che vince il male con la sua forza intrinseca. La Croce di Cristo ce ne dà la forza, l’obbedienza di Maria ce ne da l’esempio. Non tiriamoci indietro. Non vergogniamoci della nostra fede. Siamo astri che splendono nel mondo, luce che attrae, calore che persuade.

Con la mia benedizione apostolica.

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Preghiera per la Polonia

Voglio rivolgere oggi ai miei connazionali qui presenti, proporzionalmente pochi, e anche ai milioni non presenti, qui, che vivono soprattutto in Polonia, i miei pensieri e il mio cuore pieno di amore, pieno di speranza e pieno di preoccupazione. Con molta attenzione ho letto le parole scritte dal Primate nel suo comunicato di domenica rivolto alla Chiesa e a tutta la società e mi unisco in questo spirito di preoccupazione e di speranza con tutti i miei connazionali, con tutta la mia Patria. Che ancora una volta vinca il senso di responsabilità per il bene comune, per questo grande bene comune, che porta il nome di Polonia. Così, come ho detto durante la mia visita, il mio pellegrinaggio in Patria, quasi due anni or sono.

Benedico con il cuore tutti i presenti, e tutti coloro che vivono in Polonia, e anche tutti i nostri fratelli che si trovano all’estero, e che si uniscono con noi durante questi incontri del mercoledì."

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Preghiera per la Polonia

Voglio rivolgere oggi ai miei connazionali qui presenti, proporzionalmente pochi, e anche ai milioni non presenti, qui, che vivono soprattutto in Polonia, i miei pensieri e il mio cuore pieno di amore, pieno di speranza e pieno di preoccupazione. Con molta attenzione ho letto le parole scritte dal Primate nel suo comunicato di domenica rivolto alla Chiesa e a tutta la società e mi unisco in questo spirito di preoccupazione e di speranza con tutti i miei connazionali, con tutta la mia Patria. Che ancora una volta vinca il senso di responsabilità per il bene comune, per questo grande bene comune, che porta il nome di Polonia. Così, come ho detto durante la mia visita, il mio pellegrinaggio in Patria, quasi due anni or sono.

Benedico con il cuore tutti i presenti, e tutti coloro che vivono in Polonia, e anche tutti i nostri fratelli che si trovano all’estero, e che si uniscono con noi durante questi incontri del mercoledì.

Saluti:

Ad un gruppo di pellegrini provenienti da Londra

I wish to offer a word of greeting to a group from London: the members of the Leo Baeck Lodge of B’nai B’rith. I assure you of my prayers, and I trust that your visit to Rome will be a source of spiritual happiness.

Ad un gruppo di religiose francescane della diocesi di Münster

Herzlich grüße ich heute besonders die große Pilgergruppe der Franziskusschwestern aus der Diözese Münster. Gläubige Hingabe an den Willen Gottes im Dienst an Christus und den Mitmenschen, zu der uns das heutige Festgeheimnis ermahnt, ist gerade das besondere Ideal eures Ordenslebens. Wie Maria ist euch dafür auch euer Ordenspatron, der hl. Franziskus, leuchtendes Vorbild. Sucht ihnen gemäß eurer Ordensregel in den vielfältigen großen und kleinen Aufgaben des Alltags in Treue nachzueifern. Dafür erbitte ich euch und allen hier anwesenden Pilgern Gottes Kraft und Beistand mit meinem besonderen Apostolischen Segen.

Ad un pellegrinaggio spagnolo

Deseo ahora dirigir una palabra de especial saludo a los miembros del grupo procedente de Ibi, Alicante.

Os agradezco los filiales sentimientos que habéis querido manifestarme con vuestra visita, así como los regalos ofrecidos y que serán destinados a niños minusválidos.

Os aliento a mirar vuestra vida con sentido cristiano, pensando en el bien de los demás y procurando llevar un poco más de serenidad y recursos educativos a todos, especialmente a la infancia. Con estos deseos imparto a vosotros, a vuestros familiares y paisanos la Bendición Apostólica.

Ai partecipanti all’"International Training Course on Orbital and Palpebral Plastic Surgery"

Saluto i partecipanti all’"International Training Course on Orbital and Palpebral Plastic Surgery", che si tiene qui a Roma, e con la mia benedizione, auguro loro un sempre maggiore approfondimento dei loro problemi professionali in vista di un servizio ognor più efficace alle necessità dell’uomo.

A novelli sacerdoti della Compagnia di Maria

Rivolgo un particolare saluto ai sei Novelli Presbiteri, religiosi della Compagnia di Maria o Monfortani, ed al gruppo dei loro parenti ed amici. La vostra nuova vita di servizio al Signore ed alla sua Chiesa esige certamente molto da voi. Ma la vostra gioia e la vostra forza dovrà pervenire dalla vostra totale donazione a Gesù Cristo, oltre che dalla materna protezione di Maria santissima. E vi accompagni anche la mia cordiale benedizione.

A quaranta gruppi parrocchiali europei

Desidero anche salutare i rappresentanti dei gruppi parrocchiali europei qui presenti, animati dalla spiritualità del Movimento dei Focolari. So che studiate in questi giorni il tema: "II sì dell’uomo a Dio". Ebbene, il mio augurio è che voi possiate sempre dire "sì" al Signore, come lo disse Maria al momento della Annunciazione, e diventare così nelle sue mani strumenti fecondi di salvezza per i fratelli. Con questi voti vi benedico di cuore.

Agli ammalati

Saluto ora gli ammalati presenti a questa udienza, unitamente al gruppo di persone anziane ed inferme, ospitate ed assistite dalle benemerite "Piccole Sorelle dei Poveri" nella loro Casa di Piazza San Pietro in Vincoli, in Roma. Carissimi, in questo tempo di Quaresima, in cui i cristiani ricordano, anche mediante il pio esercizio della Via Crucis, il Salvatore del mondo, che a causa dei nostri peccati ha sudato sangue, è stato flagellato e coronato di spine, anche voi nel vostro itinerario di dolore, accompagnate Cristo nel suo cammino verso la Croce. Così non sarete più soli, non verserete lacrime invano, perché, uniti a Lui, il vostro patire è redento, anzi diventa sorgente di redenzione per voi e per tutti gli uomini. Se saprete abbracciare così i vostri disagi e le vostre tribolazioni, meriterete di essere chiamati ad essere realmente collaboratori del Cristo nell’opera di santificazione delle anime. Vi sia di conforto in questo vostro impegno cristiano la mia speciale benedizione.

Ai novelli sposi

Sono lieto di salutare, infine, e di esprimere auguri e felicitazioni ai novelli sposi, che hanno da poco contratto il sacramento del Matrimonio. Cari sposi, vi dirò con le parole di un antico scrittore ecclesiastico: "Chi mai sarà all’altezza di descrivere la felicità di un matrimonio che la Chiesa consacra, l’Eucaristia conferma, la benedizione sigilla, gli angeli acclamano e il Padre approva?... Gli sposi infatti insieme pregano, insieme si mortificano, insieme digiunano; si istruiscono a vicenda, a vicenda si esortano e si sostengono. Insieme nella Chiesa di Dio, insieme alla mensa del Signore, insieme nelle difficoltà e nelle persecuzioni ed insieme anche nel sollievo" (Tertulliano, Ad Uxorem, lib. II, cap. IX: PL 1302-1303). Vivete con questo spirito e con questo entusiasmo la vostra unione e il Signore non vi farà mancare la sua continua protezione. A conferma di lieti voti, vi imparto la propiziatrice benedizione apostolica.

Ricordo dell’Arcivescovo di San Salvador Oscar Romero

Rivolgo, poi, uno speciale pensiero alla cara nazione del Salvador, tuttora provata da così gravi tensioni e da violenze, che accrescono di giorno in giorno la già troppo numerosa schiera di vittime innocenti. È trascorso un anno dalla tragica morte dell’Arcivescovo Monsignor Romero, lo zelante pastore, ucciso il 24 marzo 1980 mentre celebrava la Santa Messa. Egli coronava col sangue il suo ministero, particolarmente sollecito dei più poveri e dei più emarginati. Era una suprema testimonianza, rimasta simbolo del tormento di un popolo; ma anche motivo di speranza per un avvenire migliore.

Vi invito a pregare per l’anima di questo servitore della Chiesa e ad invocare che il suo sacrificio non resti vano, ma operi nell’intera comunità del Salvador quale potente richiamo alla riconciliazione, suscitando in tutti un vigoroso impegno per la concordia e per la pace, da cui soltanto si può sviluppare una vera rinascita del Paese.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana