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MEXICO

Our Lady appeared to Juan Diego Cuauhtlatoatzin in Mexico in 1531, leaving a miraculous image of herself on his tilma which it is possible to visit today in the Basilica of Our Lady of Guadalupe, Mexico City. Pope Saint John Paul II was a pilgrim to Mexico 5 times: in 1979 (his first pilgrimage abroad specifically to visit Our Lady of Guadalupe), 1990, 1993, 1999 & 2002 (for the canonization of Juan Diego & Hermano Pedro de San José de Betancurt, & the beatification of the martyrs Juan Bautista and Jacinto de Los Angeles). Papa Benedicto XVI visited in 2012 and Papa Francisco followed in his footsteps in 2016

So many Mexicans have generously given responses to Totus2us podcasts (a beautiful witness to the great faith in Mexico), they are shown here alphabetically by Christian name: beginning with A - L and M - Z - muchas gracias a todos ustedes    ♥

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El Santo Rosario      
La Coronilla y Novena a la Divina Misericordia
      
El Vía Crucis
con oraciones del Cardenal Joseph Ratzinger    
Oraciones por los Sacerdotes
       

The first thing John Paul II did on his first ever apostolic voyage as Pope was to visit Our Lady of Guadalupe and offer up this prayer:
25 January 1979 - in French, Portuguese & Spanish)

"O Immaculate Virgin, mother of the true God and mother of the Church! You, who from this place revealed your clemency and your pity to all those who ask for your protection, hear the prayer that we address to you with filial trust, and present it to your Son Jesus, our sole Redeemer.
Mother of mercy, teacher of hidden and silent sacrifice, to you, who come to meet us sinners, we dedicate on this day all our being and all our love. We also dedicate to you our life, our work, our joys, our infirmities, and our sorrows.
Grant peace, justice, and prosperity to our peoples, for we entrust to your care all that we have and all that we are, our lady and mother.
We wish to be entirely yours and to walk with you along the way of complete faithfulness to Jesus Christ in his Church: hold us always with your loving hand.
Virgin of Guadalupe, Mother of the Americas, we pray to you for all the bishops, that they may lead the faithful along paths of intense Christian life, of love and humble service of God and souls.
Contemplate this immense harvest, and intercede with the Lord that he may instill a hunger for holiness in the whole People of God and grant abundant vocations of priests and religious, strong in the faith and zealous dispensers of God's mysteries.
Gain for our homes the grace of loving and respecting life in its beginnings with the same love with which you conceived in your womb the life of the Son of God. Blessed Virgin Mary, Mother of Fair Love, protect our families, so that they may always be united, and bless the upbringing of our children.
Our hope, look upon us with compassion, teach us to go continually to Jesus, and if we fall, help us to rise again, to return to him, by means of the confession of our faults and sins in the sacrament of Penance, which gives peace to the soul. We beg you to grant us a great love for all the holy sacraments, which are, as it were, the signs that your Son left us on earth.
Thus, most holy mother, with the peace of God in our conscience, with our hearts free from evil and hatred, we will be able to bring to all true joy and true peace, which come to us from your Son, our Lord Jesus Christ, who, with God the Father and the Holy Spirit, lives and reigns for ever and ever. Amen."

If you'd be up for giving your algo acerca de María,
please do get in touch with the Totus2us team

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Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt.
Accipio te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria. - St Louis de Montfort

Blessed John Paul II took his motto Totus Tuus from this quote.

"I am totally yours and all that I have is yours.
I accept you for my all. O Mary, give me your heart.”

Audiencia del Papa Benedicto XVI en su viaje apostólico a México
- in Croatian, English, French, German, Italian, Portuguese & Spanish

"Queridos hermanos y hermanas:
Siguen vivas en mí las emociones suscitadas por el reciente viaje apostólico a México y a Cuba, sobre el que quiero reflexionar hoy. Surge espontáneamente en mi alma la acción de gracias al Señor: en su providencia, quiso que fuera por primera vez como Sucesor de Pedro a esos dos países, que conservan un recuerdo indeleble de las visitas realizadas por el beato Juan Pablo II. El bicentenario de la independencia de México y de otros países latinoamericanos, el vigésimo aniversario de las relaciones diplomáticas entre México y la Santa Sede, y el cuarto centenario del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre en la República de Cuba fueron las ocasiones de mi peregrinación. Con ella quise abrazar idealmente a todo el continente, invitando a todos a vivir juntos en la esperanza y en el compromiso concreto de caminar unidos hacia un futuro mejor. Expreso mi agradecimiento a los señores presidentes de México y de Cuba, que con deferencia y cortesía me dieron su bienvenida, así como a las demás autoridades. Doy las gracias de corazón a los arzobispos de León, de Santiago de Cuba y de La Habana, y a los demás venerados hermanos en el episcopado, que me acogieron con gran afecto, así como a sus colaboradores y a todos los que se prodigaron generosamente por mi visita pastoral. Fueron días inolvidables de alegría y de esperanza, que quedarán impresos en mi corazón.

La primera etapa fue León, en el Estado de Guanajuato, centro geográfico de México. Allí una gran multitud en fiesta me dispensó una acogida extraordinaria y entusiasta, como signo del abrazo cordial de todo un pueblo. Desde la ceremonia de bienvenida pude apreciar la fe y el calor de los sacerdotes, de las personas consagradas y de los fieles laicos. En presencia de los exponentes de las instituciones, de numerosos obispos y de representantes de la sociedad, recordé la necesidad del reconocimiento y de la tutela de los derechos fundamentales de la persona humana, entre los que destaca la libertad religiosa, asegurando mi cercanía a quienes sufren a causa de plagas sociales, de antiguos y nuevos conflictos, de la corrupción y de la violencia. Recuerdo con profunda gratitud la fila interminable de gente a lo largo de las calles, que me acompañó con entusiasmo. En esas manos tendidas en señal de saludo y de afecto, en esos rostros alegres, en esos gritos de alegría constaté la tenaz esperanza de los cristianos mexicanos, esperanza que permaneció encendida en los corazones a pesar de los difíciles momentos de violencia, que no dejé de deplorar y a cuyas víctimas dirigí un conmovido pensamiento; y pude confortar personalmente a algunas. Ese mismo día me encontré con muchísimos niños y adolescentes, que son el futuro de la nación y de la Iglesia. Su inagotable alegría, manifestada con ruidosos cantos y músicas, así como sus miradas y sus gestos, expresaban el fuerte deseo de todos los muchachos de México, de América Latina y del Caribe, de poder vivir en paz, con serenidad y armonía, en una sociedad más justa y reconciliada.

Los discípulos del Señor deben incrementar la alegría de ser cristianos, la alegría de pertenecer a su Iglesia. De esta alegría nacen también las energías para servir a Cristo en las situaciones difíciles y de sufrimiento. Recordé esta verdad a la inmensa multitud que se reunió para la celebración eucarística dominical en el parque del Bicentenario de León. Exhorté a todos a confiar en la bondad de Dios omnipotente que puede cambiar desde dentro, desde el corazón, las situaciones insoportables y oscuras. Los mexicanos respondieron con su fe ardiente; y en su adhesión convencida al Evangelio reconocí una vez más signos consoladores de esperanza para el continente. El último evento de mi visita a México fue, también en León, la celebración de las vísperas en la catedral de Nuestra Señora de la Luz, con los obispos mexicanos y los representantes de los Episcopados de América. Manifesté mi cercanía a su compromiso frente a los diversos desafíos y dificultades, y mi gratitud por los que siembran el Evangelio en situaciones complejas y a menudo con muchas limitaciones. Los animé a ser pastores celosos y guías seguros, suscitando por doquier comunión sincera y adhesión cordial a la enseñanza de la Iglesia. Luego dejé la amada tierra mexicana, donde experimenté una devoción y un afecto especiales al Vicario de Cristo. Antes de partir, estimulé al pueblo mexicano a permanecer fiel al Señor y a su Iglesia, bien anclado en sus raíces cristianas.      ...

Este viaje a México y a Cuba, gracias a Dios, logró el anhelado éxito pastoral. Que el pueblo mexicano y el cubano obtengan de él abundantes frutos para construir en la comunión eclesial y con valentía evangélica un futuro de paz y de fraternidad.

Queridos amigos, mañana por la tarde, con la santa misa in cena Domini, entraremos en el Triduo pascual, culmen de todo el Año litúrgico, para celebrar el Misterio central de la fe: la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En el Evangelio de san Juan, este momento culminante de la misión de Jesús se llama su «hora», que se abre con la última Cena. El evangelista lo introduce así: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Toda la vida de Jesús está orientada a esta hora, caracterizada por dos aspectos que se iluminan recíprocamente: es la hora del «paso» (metabasis) y es la hora del «amor (agape) hasta el extremo». En efecto, es precisamente el amor divino, el Espíritu del que Jesús está colmado, el que hace «pasar» a Jesús mismo a través del abismo del mal y de la muerte, y lo hace salir al «espacio» nuevo de la resurrección. Es el agape, el amor, el que obra esta transformación, de modo que Jesús trasciende los límites de la condición humana marcada por el pecado y supera la barrera que mantiene prisionero al hombre, separado de Dios y de la vida eterna. Participando con fe en las celebraciones litúrgicas del Triduo pascual, se nos invita a vivir esta transformación obrada por el agape. Cada uno de nosotros ha sido amado por Jesús «hasta el extremo», es decir, hasta la entrega total de sí mismo en la cruz, cuando gritó: «Está cumplido» (Jn 19, 30). Dejémonos abrazar por este amor; dejémonos transformar, para que se realice de verdad en nosotros la resurrección. Os invito, por tanto, a vivir con intensidad el Triduo pascual y deseo a todos una santa Pascua. Gracias."

BXVI - Plaza de San Pedro, Miércoles 4 de abril de 2012 - © Copyright 2012 - Libreria Editrice Vaticana

John Paul II's reflection on his 1999 pilgrimage to Mexico & the USA
General Audience, Wednesday 10 February 1999 - in English, French, German, Italian, Portuguese & Spanish

"1. Tengo aún muy profundamente grabadas las impresiones que suscitó en mí la reciente peregrinación apostólica a México y Estados Unidos, sobre la que deseo reflexionar hoy.

Surge espontánea en mi alma la acción de gracias al Señor: en su providencia, quiso que volviera a América, exactamente veinte años después de mi primer viaje internacional, para concluir ante la Virgen de Guadalupe la Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos, que tuvo lugar en el Vaticano a fines de 1997. Como hice con respecto a la Asamblea para África y haré luego también con respecto a las asambleas para Asia, Oceanía y Europa, recogí los análisis y las proposiciones del Sínodo para América en una exhortación apostólica titulada «Ecclesia in America», que entregué oficialmente a sus destinatarios en la ciudad de México.

Deseo renovar hoy mi más viva gratitud a todos los que contribuyeron a la realización de esta peregrinación. Ante todo, doy las gracias a los señores presidentes de México y Estados Unidos, que, con gran cortesía, me brindaron su bienvenida; a los arzobispos de la ciudad de México y de San Luis, y a los demás venerados hermanos en el episcopado, que me acogieron con afecto. Asimismo, expreso mi agradecimiento a los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, al igual que a los innumerables hermanos y hermanas que con tanta fe y fervor me acompañaron durante esos días de gracia. Vivimos juntos la experiencia conmovedora de un «encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad».

2. Puse los frutos del primer Sínodo panamericano de la historia a los pies de Santa María de Guadalupe, bajo cuya maternal protección se ha llevado a cabo la evangelización del nuevo mundo. Precisamente ella es hoy invocada como la Estrella de su nueva evangelización. Por eso, he establecido que el día litúrgico dedicado a ella, el 12 de diciembre, sea también fiesta para todo el continente americano.

Siguiendo el ejemplo de la Virgen María, la Iglesia en América acogió la buena nueva del Evangelio y, en el decurso de casi cinco siglos, ha engendrado a muchos pueblos para la fe. Ahora —como decía el lema de la visita a México: «Nace un milenio. Reafirmamos la fe»—, las comunidades cristianas del norte, del centro, del sur y del Caribe están llamadas a renovarse en la fe, para poner en práctica una solidaridad cada vez mayor. Están invitadas a colaborar en proyectos pastorales coordinados, de manera que cada una aporte sus propias riquezas espirituales y materiales al compromiso común.

Este espíritu de cooperación es indispensable, naturalmente, también en el ámbito civil, y por eso necesita bases éticas comunes, como subrayé en el encuentro con el Cuerpo diplomático en México.

3. Los cristianos son «el alma» y «la luz» del mundo. Recordé esta verdad a la inmensa multitud que se reunió para la celebración eucarística dominical en el autódromo de la capital mexicana. A todos, especialmente a los jóvenes, dirigí el llamamiento contenido en el gran jubileo: convertirse y seguir a Cristo. Los mexicanos respondieron con su inconfundible entusiasmo a la invitación del Papa, y en sus rostros, con su fe ardiente, con su adhesión convencida al evangelio de la vida, reconocí una vez más signos consoladores de esperanza para el gran continente americano.

Constaté esos signos también en el encuentro con el mundo del sufrimiento, donde el amor y la solidaridad humana saben hacer presente en la debilidad la fuerza y la solicitud de Cristo resucitado.

En la ciudad de México, el estadio Azteca, famoso por memorables competiciones deportivas, fue sede de un momento extraordinario de oración y fiesta con los representantes de todas las generaciones del siglo XX, desde los más ancianos hasta los más jóvenes: un admirable testimonio de cómo la fe logra unir a las generaciones y sabe responder a los desafíos de cada etapa de la vida.

En este paso de siglo y de milenio, la Iglesia, en América y en el mundo entero, ve en los jóvenes cristianos el fruto más hermoso y prometedor de su trabajo y de sus sufrimientos. Es grande mi alegría por haberme encontrado, tanto en México como en Estados Unidos, con un gran número de jóvenes. Con su participación rebosante de entusiasmo y a la vez atenta y cordial, con sus aplausos en los pasajes del discurso en los que presentaba los aspectos más exigentes del mensaje cristiano, demostraron que quieren ser los protagonistas de una nueva época de testimonio valiente, de solidaridad efectiva y de compromiso generoso al servicio del Evangelio.

4. Me complace añadir que encontré a los católicos americanos muy atentos y comprometidos en la defensa de la vida y de la familia, valores inseparables que constituyen un gran desafío para el presente y el futuro de la humanidad. Este viaje ha constituido, en cierto sentido, un gran llamamiento a América, para que acoja el evangelio de la vida y de la familia; para que rechace y combata cualquier forma de violencia contra la persona humana, desde su concepción hasta su muerte natural, con coherencia intelectual y moral. No al aborto y a la eutanasia; basta con el innecesario recurso a la pena de muerte; no al racismo y a los abusos sobre niños, mujeres e indígenas; hay que acabar con las especulaciones sobre las armas y la droga, y con la destrucción del patrimonio ambiental.

Para vencer en estas batallas es preciso defender la cultura de la vida, que mantiene unidas la libertad y la verdad. La Iglesia actúa diariamente para lograr ese objetivo, anunciando a Cristo, verdad sobre Dios y verdad sobre el hombre. Actúa ante todo en las familias, que constituyen los santuarios de la vida y las escuelas fundamentales de la cultura de la vida, pues en la familia la libertad aprende a crecer sobre bases morales sólidas y, en el fondo, sobre la ley de Dios. América sólo podrá desempeñar su importante papel en la Iglesia y en el mundo si defiende y promueve el inmenso patrimonio espiritual y social de sus familias.

5. México y Estados Unidos son dos grandes países que representan muy bien la multiforme riqueza del continente americano, así como sus contradicciones. La Iglesia, profundamente insertada en el entramado cultural y social, invita a todos a encontrarse con Jesucristo, que sigue siendo también hoy «camino para la conversión, la comunión y la solidaridad».

Este encuentro, con la maternal intervención de Santa María de Guadalupe, ha marcado de manera indeleble la historia de América. Encomiendo a la intercesión de la patrona de ese amado continente el deseo de que el encuentro con Cristo siga iluminando a los pueblos del nuevo mundo en el milenio que está a punto de comenzar."

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